Tengo prejuicios, muchos.
Y si nos atenemos a la etimología, la
palabra quiere decir eso mismo: un juicio emitido antes de haber razonado
suficientemente. Ese mismo hecho debería invalidar el concepto y una mente no
carente de cierta inteligencia como la mía, evitaría expresarlo aunque más no sea para evitar que la llamen
prejuiciosa con todo derecho.
El
tema que dispara mi prejuicio es
la gente que no habla con corrección. No puedo dejar de pensar que las
personas que no usan debidamente el lenguaje no piensan con claridad.
Si las palabras son la manifestación de
nuestro pensamiento, de nuestras ideas, la dificultad para dejar fluir lo que
acaba de elaborar nuestro cerebro no puede tener más que alguna de las
siguientes razones:
1)
Estoy hablando de algo en lo
que no he pensado lo suficiente.
2)
Estoy mintiendo.
3)
No tengo claros los conceptos
que voy a emitir.
4)
Siento que tengo que hablar
aunque no sepa bien de que.
Lo que acabo de expresar no tiene nada
que ver con el nivel académico de quien habla.
Conozco personas con una formación muy
elemental que se expresan sin dificultad, con llaneza, sin titubeos ni
muletillas, sin “estés” después de cada frase, y es notorio que su vocabulario
no es muy extenso, pero son entendidos con total claridad.
Me parece necesario dejar en claro que
estoy hablando de el “como” se expresa alguien y no de si estoy de acuerdo o no
con lo que dice.
A modo de ejemplo diré que una vez me
tocó escuchar a una persona que defendía las corridas de toros, con las que no
puedo estar más que en desacuerdo, pero era tal su corrección en el manejo del
lenguaje, tan claras tenía las ideas de la razón por la que defendía las
corridas, que su discurso fluía sin dificultad y obligaba a su oponente, yo en
este caso, a devolver conceptos tan claros como los suyos y tan fuertemente
organizados por su cerebro que no dejara lugar para la duda de quien estaba
escuchando.
Y esta exigencia se multiplica cuando
quien habla esta ocupando un lugar de mando y de poder. O cuando es un
periodista, o un catedrático, o un maestro.
El lenguaje es una herramienta de
transmisión de ideas y/o conceptos que quiero que el otro escuche y comprenda,
y si es posible comparta, porque creo que es mejor para el mundo y para él.
Y me puse a pensar en los personajes públicos
que conozco que pertenecen a una u otra categoría, y arme una lista personal.
Entre los que manejan el recurso verbal
con solvencia están Cristina Kirchner, Jorge Lanata, María Eugenia Estensoro,
Enrique Pinti, Beatriz Sarlo, Moria Casan.
Entre los que todo lo contrario: Luis
Majul, Diana Conti, Mauricio Macri, Susana Giménez. De éste grupo el
vicepresidente Boudou es el que se lleva las palmas.
A algunos los conozco personalmente, a
otros no. Con algunos estoy de acuerdo, y en total desacuerdo con otros. Ese no
es el tema. El tema es que soy una persona con prejuicios y no puedo
convencerme de que el que habla mal tiene claras las ideas.
Y lo curioso es que pienso, y reflexiono,
pero no hay caso, mi prejuicio sigue ahí, instalado en mi cabeza a la espera de
que venga un duende y me convenza de que puedo depositar mi confianza política,
afectiva o intelectual, en una persona que habla mal.
Los abrazo.
Leonor.
P/D. No hace falta aclarar que no me
refiero a las personas que hablan una lengua diferente de la nuestra, o de las
que no han tenido la fortuna de ser escolarizadas, ¿verdad?
Suerte, yo sabía que no había nada que aclarar.
